Cuentos

Un día, durante un vuelo de Europa hacia Estados Unidos, ocurrió algo inesperado. Mientras observaba las nubes por la ventana, conoció a una asistente de vuelo llamada Isabella. Tenía una sonrisa tranquila y un corazón enorme. Ayudaba a todos con amabilidad y hacía sentir en casa a cada pasajero.

Desde la primera conversación, Darwin sintió algo especial.

El tiempo pasó y su amor creció tanto que, tres años después, decidieron casarse. Poco tiempo después nació su primer hijo, un niño hermoso llamado Ethan, quien llenó su hogar de risas y felicidad.

Darwin entonces logró otro de sus mayores sueños: agradecerle a su mamá por todos los sacrificios que había hecho por él. Con mucho esfuerzo le compró una hermosa casa y también le regaló un restaurante para que pudiera vivir tranquila y feliz.

Cinco años después nació Celeste, una niña preciosa, idéntica a su madre, con unos ojos llenos de luz y ternura.

La familia vivió muchos momentos felices juntos, y después de algunos años decidieron mudarse a New York City, donde comenzaron una nueva etapa llena de sueños, viajes y recuerdos inolvidables.

Darwin entendió que la vida puede cambiar por una pequeña decisión, incluso por un simple video visto una noche cualquiera. Porque cuando alguien lucha con el corazón, los sueños más grandes pueden hacerse realidad.

Y así, Darwin y su familia fueron felices para siempre.

Por Darwin.

Darwin

Había una vez un niño llamado Darwin que pasaba horas mirando videos en redes sociales. Le encantaba descubrir lugares nuevos y soñar con aventuras imposibles.

Una noche, mientras veía videos antes de dormir, apareció algo que le cambió la vida: un enorme barco de la Marina navegando en medio del océano, con helicópteros aterrizando sobre un helipuerto iluminado en alta mar.

Darwin quedó sorprendido.
Desde ese momento supo cuál era su sueño: quería pertenecer a la Marina y recorrer el mundo.

Pero no era fácil.
Para entrar debía superar pruebas muy difíciles. Muchos le dijeron que no lo lograría, que era demasiado complicado, pero Darwin nunca dejó de intentarlo. Se levantaba antes del amanecer para entrenar, corría largas distancias y practicaba natación todos los días hasta quedarse sin fuerzas.

La prueba más difícil fue la de natación.
El agua estaba fría y el cansancio parecía vencerlo, pero Darwin recordó aquel video que había cambiado su vida y siguió adelante.

Ese día no solo aprobó la prueba… también fue el mejor de todo su escuadrón.

Pasaron los años y Darwin se convirtió en un hombre fuerte, disciplinado y valiente. Recorrió muchos lugares gracias a su trabajo y aprendió que los sueños sí podían cumplirse cuando se luchaba por ellos.

 

 

Con el tiempo, la abuelita enfermó de cáncer debido al dolor tan grande que sentía. Una noche, mientras observaba la mesa, dijo con lágrimas en los ojos: Recuerdo cuando tomábamos cinco tazas de café llenas de felicidad. Ahora solo somos cuatro, pero el amor de Francisco seguirá aquí para siempre.

Desde entonces, todos los martes iban al mar con cuatro tazas de café y una flor blanca para recordar a Francisco. Aunque el dolor seguía en sus corazones, también comenzaron a recordar sus momentos felices y las enseñanzas que él les había dejado. Sin embargo, la tristeza empezó a causar discusiones dentro de la casa. A veces se culpaban unos a otros por lo sucedido. Franleidys veía cómo el dolor estaba destruyendo a su familia y entendió que debía ser fuerte. Recordó entonces las palabras que su hermano siempre le decía:

Nunca dejes de luchar por tus sueños.

Franleidys decidió que no permitiría que el dolor acabara con su futuro. Aunque todavía era una niña, comenzó a cuidar los animales callejeros que encontraba cerca de la playa. Les daba agua, comida y cariño. Cada vez que ayudaba a uno, sentía que Francisco y su abuelita sonreían desde el cielo. Poco tiempo después, la abuelita Lilia también falleció. Antes de partir, tomó la mano de Franleidys y le dijo:

No te rindas nunca. Convierte el dolor en fuerza y sigue tus sueños. Yo estaré feliz en el cielo junto a Francisco, cuidándolos siempre.

Aquellas palabras quedaron grabadas en el corazón de Franleidys. Aunque la familia seguía extrañando a Francisco y a la abuela, poco a poco aprendieron a vivir con amor y esperanza. Decidieron mudarse de casa para comenzar una nueva vida, pero llevaron consigo las cinco tazas de café como símbolo de unión y recuerdo. Con el paso del tiempo, Franleidys siguió creciendo con el sueño de convertirse en veterinaria. Estudiaba con dedicación y jamás olvidó las enseñanzas de su familia. Cada martes colocaba cinco tazas sobre la mesa: cuatro llenas de café y una con flores blancas frente al mar. Entonces sonreía y decía:

Aunque ya no estén aquí, siguen acompañándome en cada paso que doy. Gracias por enseñarme que los sueños pueden ser más grandes que el dolor.

Y así, las cinco tazas dejaron de representar solamente una pérdida. Se convirtieron en un símbolo de amor, fortaleza y esperanza para seguir adelante, incluso en los momentos más difíciles.

Por Glorimar.

Cinco Tazas

Había una vez una familia muy feliz que vivía cerca del mar. El papá se llamaba José, la mamá Patricia, el hijo Francisco, la hija Franleidys y la abuelita Lilia. En aquella casa siempre había amor, risas y el delicioso aroma del café recién hecho. Cada mañana colocaban cinco tazas sobre la mesa y compartían juntos antes de comenzar el día.

Francisco era un niño alegre y aventurero. Le encantaba jugar en el mar y recoger pequeñas perlas para regalárselas a su abuelita, quien las guardaba como los tesoros más valiosos del mundo. Franleidys, por su parte, era una niña noble y cariñosa. Amaba a los animales y soñaba con convertirse algún día en veterinaria para cuidar a los que no podían hablar.

Una tarde de martes, mientras Francisco jugaba cerca de las olas, una fuerte lluvia comenzó a caer. El mar se puso bravo y, en un descuido, Francisco resbaló y fue arrastrado por el agua. Desde ese día no volvió a casa.

La tristeza llenó el corazón de toda la familia. José, Patricia, Franleidys y la abuelita Lilia lo buscaron durante días enteros. La casa quedó silenciosa y vacía. Ya no se escuchaban las risas de Francisco corriendo por los pasillos.

La historia más normal

Había una vez un niño que acompañó a su mamá a un lugar muy concurrido. Mientras ella hablaba por teléfono con un señor, el niño se alejó sin avisar y comenzó a caminar curioso por los alrededores.

Cuando su mamá terminó de hablar, miró a su alrededor y no lo encontró. Muy asustada, lo buscó por todas partes. Pasaron las horas y, al no saber dónde estaba, decidió llamar a la policía para que la ayudaran a encontrarlo.

Finalmente, fueron al parque de diversiones. Allí, su mamá lo vio comiendo chorizo y tomado de la mano de un señor amable que lo había encontrado solo y lo había cuidado hasta que apareciera su familia.

Ese día, el niño comprendió lo importante que es no alejarse de las personas que lo cuidan y siempre avisar dónde está. Desde entonces, prometió ser más responsable, obediente y prudente. Su proyecto de vida es crecer como una persona juiciosa, respetuosa y agradecida, para cuidar de su familia y tomar siempre buenas decisiones.

Pensando en proteger a sus hijos y brindarles un mejor futuro, su madre tomó nuevamente una decisión valiente: mudarse a Pasto. Allí, Luis encontró un ambiente más tranquilo para continuar creciendo y empezar a construir poco a poco su proyecto de vida.

Durante esa etapa descubrió que el deporte podía convertirse en una manera de superar las dificultades y mantenerse enfocado en sus sueños. Primero practicó taekwondo, disciplina que le enseñó respeto, esfuerzo y perseverancia. Sin embargo, debido a la pandemia, tuvo que alejarse temporalmente de este deporte. Más adelante encontró en el boxeo una nueva pasión, aprendiendo que la verdadera fuerza no está solo en los golpes, sino en la disciplina y la constancia para nunca rendirse.

Años después, la familia regresó nuevamente a Cali para vivir en su propia casa y dejar atrás los arriendos y la inestabilidad. Ese regreso representó para Luis una nueva oportunidad para seguir creciendo y luchar por un mejor futuro.

Fue entonces cuando conoció el colectivo Semillas de Paz, un espacio que marcó su vida de manera positiva. Allí aprendió el valor de la convivencia, el respeto, la superación personal y la importancia de transformar las experiencias difíciles en motivación para salir adelante. Gracias a ese proceso, Luis comenzó a mirar su futuro con más claridad y esperanza.

Todas las vivencias que enfrentó desde pequeño despertaron en él un gran deseo de ayudar a las personas, especialmente a quienes atraviesan momentos difíciles. Por eso descubrió que su gran sueño era convertirse en médico. Luis entendió que la medicina no solo significa curar enfermedades, sino también brindar apoyo, esperanza y bienestar a quienes más lo necesitan.

Hoy, Luis camina con orgullo hacia sus metas. Cada obstáculo vivido lo convirtió en una persona más fuerte, responsable y perseverante. Sueña con terminar sus estudios, convertirse en un gran médico y ayudar a muchas familias, así como en algún momento él y su familia necesitaron apoyo y protección.

Luis aprendió que el proyecto de vida se construye paso a paso, con esfuerzo, disciplina y fe en uno mismo. Y aunque el camino no siempre fue fácil, nunca dejó de creer que los sueños sí pueden cumplirse cuando se lucha por ellos con el corazón. 

Por Miguel.

Sueños y metas

Había una vez un niño llamado Luis, nacido en Bogotá en el año 2011. Creció rodeado del amor de sus padres y de su hermano mayor, en un hogar lleno de unión y alegría. Años después, en 2015, llegó un nuevo integrante a la familia: su hermano menor, quien llenó la casa de felicidad y momentos inolvidables. Juntos disfrutaban salir de paseo, conocer lugares turísticos de la ciudad y compartir tiempo en familia.

Con el paso del tiempo, debido al trabajo de su padre, la familia tuvo que mudarse a Barbacoas. Aunque dejar atrás su ciudad y sus amigos fue difícil, Luis aprendió que la vida muchas veces trae cambios inesperados que ayudan a crecer. Allí continuaron su vida hasta que, tiempo después, sus padres decidieron separarse.

Aquella situación marcó profundamente a Luis y a sus hermanos. Su madre, buscando siempre lo mejor para ellos, decidió mudarse a la ciudad de Cali, donde vivía gran parte de la familia. En ese nuevo lugar intentaron comenzar otra etapa llena de esperanza, pero las dificultades no tardaron en aparecer.

El barrio donde vivían empezó a volverse peligroso debido a la violencia y los constantes atentados. Un día, mientras Luis y su mamá regresaban de dejar a su hermano en una escuela de fútbol, presenciaron un hecho que cambió sus vidas: un primo de Luis resultó herido en medio de un atentado. El miedo y la inseguridad comenzaron a formar parte de su día a día.

 

 

Pero en lugar de asistir a la ceremonia, decidió irse con sus amigos a una discoteca. Pensó que nada malo podía pasar y que solo sería una noche divertida. Sin embargo, cuando salió del lugar, unos hombres encapuchados la asaltaron y le quitaron todas sus pertenencias. Fernanda sintió mucho miedo y entendió que había tomado una decisión equivocada.

Al día siguiente regresó a casa muy triste y asustada. Su mamá, preocupada por no saber nada de ella durante toda la noche, la abrazó primero y luego habló seriamente con ella. Las decisiones que tomamos pueden cambiar nuestro futuro —le dijo—. No quiero verte lastimada. Quiero que aprendas a cuidar tu vida y a luchar por tus sueños.

Fernanda se quedó pensando en todo lo ocurrido. Comprendió que querer crecer rápido no significaba actuar sin responsabilidad. También entendió que debía empezar a pensar en quién quería ser realmente y qué quería lograr en su vida.

Pasaron los días y Fernanda comenzó a cambiar. Empezó a dedicar más tiempo a sus estudios, a escuchar más a su mamá y a descubrir lo que verdaderamente le apasionaba. Un día, mientras veía el cielo lleno de estrellas, sintió una emoción muy grande al imaginar el universo, los planetas y la luna.

Fue entonces cuando descubrió su verdadero sueño: quería ser astronauta. Quería explorar el espacio, aprender sobre los planetas y demostrar que los sueños más grandes también pueden hacerse realidad.

Desde ese momento, Fernanda empezó a esforzarse mucho más. Leía libros sobre astronomía, estudiaba con dedicación y nunca dejó de creer en sí misma. Aprendió que construir un proyecto de vida significa tomar buenas decisiones, pensar en el futuro y luchar por aquello que realmente hace feliz a una persona.

Con los años, Fernanda logró cumplir su sueño. Se convirtió en astronauta y viajó muy lejos para conocer el universo que tanto admiraba cuando era niña.

Y cada vez que miraba la luna desde el espacio, recordaba aquella etapa de su vida en la que entendió que los errores también pueden enseñar, y que nunca es tarde para cambiar, crecer y seguir el camino correcto hacia los sueños.

Por Lina.

Fernanda y las Estrellas de su Futuro

Había una vez una niña llamada Fernanda. Tenía 12 años y le encantaba salir todos los días a jugar con sus amigos y amigas en un parque cerca de su casa. Siempre era alegre, divertida y muy positiva. Le gustaba reír, hablar de música y soñar con aventuras.

Aunque todavía era una niña, Fernanda quería crecer rápido. Soñaba con salir de fiesta, ir a discotecas y tener la libertad de hacer todo lo que hacían los mayores. Pero su mamá siempre le decía que todavía no era el momento para esas cosas y que primero debía pensar en su futuro y en sus sueños.

—Debes concentrarte en construir tu proyecto de vida —le decía su mamá—. Tú puedes ser lo que quieras: profesora, odontóloga, veterinaria, actriz o cualquier cosa que te haga feliz.

Fernanda delante de su mamá parecía muy juiciosa y responsable, pero cuando estaba con sus amigos a veces tomaba decisiones sin pensar en las consecuencias.

Con el paso de los meses, Fernanda estaba a punto de cumplir 13 años y también de hacer su Primera Comunión. Su mamá estaba muy emocionada porque era un momento importante para la familia, pero Fernanda realmente no quería hacerlo. A sus amigos les decía que no le interesaba la comunión y que prefería divertirse y sentirse “más grande”. Sin embargo, a su mamá le decía que sí quería hacerla para no preocuparla.

Llegó el día de la Primera Comunión. Su mamá tuvo que trabajar y no pudo acompañarla, pero antes de salir le pidió que se portara muy bien. Fernanda le prometió que así sería.

Por eso decidió estudiar veterinaria. No fue fácil, pero nunca dejó de esforzarse. Estudiaba mucho, trabajaba por sus metas y recordaba siempre las palabras de su mamá: cuando haces las cosas con amor, todo vale la pena.

Después de varios años, María logró convertirse en veterinaria profesional. Para ella era una alegría enorme salvar animales y ayudarlos a sanar. Cada perrito o gatito que llegaba a sus manos le recordaba por qué había elegido ese camino. Un día, mientras regresaba a casa, encontró un perrito herido en la calle. Estaba asustado, sucio y tenía una fractura en una de sus patitas. María sintió mucha tristeza al verlo así, pero también supo que no podía dejarlo solo. Lo cargó con cuidado y lo llevó rápidamente al hospital veterinario.

Durante varios días estuvo pendiente de él. Le dio medicinas, limpió sus heridas y lo acompañó para que no sintiera miedo. El perrito no tenía dueño, así que María decidió adoptarlo. Con el tiempo, el pequeño comenzó a mejorar. Volvió a caminar, a mover la cola y a jugar felizmente por toda la casa. María decidió llamarlo Luna, porque llegó a su vida en un momento especial y llenó su corazón de luz y esperanza.

 Desde entonces, María entendió que su sueño no era solamente convertirse en veterinaria, sino usar su profesión para cambiar vidas, incluso las más pequeñas. Ayudar a Luna le enseñó que los sueños sí pueden hacerse realidad cuando se trabajan con amor, esfuerzo y dedicación.

 Y así, María y Luna vivieron muchas aventuras juntos, demostrando que seguir los sueños y construir un proyecto de vida con pasión puede llenar la vida de felicidad, esperanza y propósito.

Por Valeria.

Maria y su sueño de ayudar

Había una vez una niña llamada María. Tenía 11 años y era muy alegre, creativa y soñadora. Le encantaba cantar, bailar, brincar y pasar tiempo imaginando historias mágicas. También disfrutaba mucho leer cuentos, leyendas e historias que la hacían viajar con la imaginación.

María era muy juiciosa con sus estudios. Siempre hacía sus tareas con dedicación y sacaba buenas notas en el colegio. Su mamá se sentía muy orgullosa de ella porque, además de ser inteligente, tenía un corazón noble y amable con los demás.

Desde pequeña, María soñaba con ayudar a las personas y a los animales. A veces quería ser veterinaria, otras veces doctora, profesora o incluso bailarina. Su mente estaba llena de sueños y posibilidades. Aunque todavía no sabía exactamente qué quería para su futuro, había algo que sí tenía claro: quería hacer algo bueno por el mundo y sentirse feliz con lo que hiciera.

Con el paso de los años, María fue creciendo y entendió que los sueños no siempre aparecen claros desde el principio. Descubrió que equivocarse, cambiar de opinión y pensar en diferentes caminos también hacía parte de construir un proyecto de vida. Poco a poco comenzó a darse cuenta de que lo que más la hacía feliz era cuidar y proteger a los animales.

 

La Familia Feliz

En un pueblo muy lejano vivían Gisell, una niña de cinco años, y su hermanito Daniel, de once años, junto a su papá, su mamá, Copito el gatito juguetón y Loki, el perro comelón. Ellos eran las mascotas de la familia.

Eran una familia muy unida. Papá trabajaba en una finca y mamá se encargaba de los cuidados del hogar. Mientras tanto, Daniel y Gisell estudiaban con mucho esfuerzo y eran niños muy juiciosos, obedientes y amorosos con sus padres.

Con el paso del tiempo, Daniel soñaba con convertirse en un gran profesional para ayudar a su familia y construir un mejor futuro. Gisell, por su parte, soñaba con ser militar, porque quería proteger a las personas, ayudar a su país y hacer sentir orgullosa a su familia. Por eso, se esforzaba mucho en la escuela y aprendía valores como la disciplina, el respeto y la responsabilidad.

Ambos aprendieron que el amor, la unión y el esfuerzo eran muy importantes para alcanzar sus metas. Gracias al apoyo de sus padres y al cariño que compartían cada día, entendieron que un proyecto de vida se construye con dedicación, estudio y buenos valores.

Así, juntos siguieron luchando por sus sueños y viviendo felices como una gran familia.

Por Emily

Guardián

Había una vez un niño llamado Caleb que vivía en un lugar muy oscuro. Las calles eran silenciosas, las noches daban miedo y él muchas veces se sentía solo y triste. Su única compañía era una pequeña linterna que prendía antes de dormir.

Una noche, toda la ciudad quedó completamente oscura. Caleb escuchó un ruido en el techo de su casa y decidió subir. Allí encontró a un ser brillante con una capa llena de luces azules.

—Hola, Caleb —dijo el ser—. No tengas miedo. Vine a ayudarte.

—¿Quién eres? —preguntó caleb sorprendido.

—Soy Luxor, el guardián de la luz.

Luxor movió sus manos y aparecieron computadores, números y pantallas flotando en el aire.

—Tú tienes algo especial —le dijo—. Un día ayudarás a muchas personas.

Antes de irse, le regaló un reloj brillante.

Desde ese día, Caleb empezó a aprender sobre computadores y tecnología. Creció estudiando mucho y se convirtió en un gran ingeniero en sistemas.

Pero tenía un secreto: cuando usaba el reloj brillante, se transformaba en “Neón”, un superhéroe tecnológico que ayudaba a salvar hospitales, escuelas y ciudades enteras usando su inteligencia.

Caleb entendió algo muy importante: aunque la vida empiece en momentos oscuros, siempre puede aparecer una luz que cambie todo para bien.

Por Caleb.

La familia en paz

Había una vez una niña llamada Lupe. Vivía rodeada del amor de su familia. Aunque su mamá tuvo que viajar a Ibagué para trabajar, Lupe la extrañaba mucho y a veces lloraba porque quería estar con ella.

Desde los cinco años, Lupe vivió con su abuela María, quien la cuidó con cariño y le enseñó a ser fuerte, respetuosa y agradecida. Juntas compartían momentos felices, y Lupe se sentía segura y amada en su hogar.

A Lupe le gustaba mucho jugar fútbol. Cada vez que corría detrás del balón, imaginaba que algún día sería una gran futbolista profesional. También soñaba con conocer muchos lugares de Colombia y aprender sobre sus bailes y tradiciones.

Lupe entendió que para cumplir sus sueños debía estudiar con dedicación, entrenar con disciplina y confiar en sí misma. Su proyecto de vida es crecer como una buena persona, ayudar a su familia y convertirse en una futbolista que lleve alegría y orgullo a todo su país.

Por Valery.

Mi familia

Mi nombre es Santiago. Nací en julio de 2014 y vivo con mi mamá Juli, mi papá Víctor y mi hermano Ian. También compartimos nuestro hogar con nuestras mascotas: Eclipse, Luna, Sol y Cielo. Todos ellos llenan mi vida de alegría y amor.

Un día mi pollito murió y me sentí muy triste. Mi familia me consoló y me regaló otro pollito al que llamé Tierra. Después nos mudamos a Pasto. En el camino conocimos el hermoso Santuario de Las Lajas y, al llegar a nuestro nuevo hogar, construimos una jaula para mi conejo Cielo.

Mi familia me ha enseñado que, aunque a veces ocurren cosas difíciles, siempre podemos seguir adelante con amor, paciencia y esperanza.

Cuando sea grande, quiero ser una persona responsable, estudiar mucho y cumplir mis sueños. También quiero cuidar a los animales, ayudar a mi familia y convertirme en un gran futbolista. Sé que, si soy disciplinado, respetuoso y perseverante, podré alcanzar todo lo que me proponga.

Por Santiago.

 

La playa y mi sueño 

Un día viajé en avión con mi mamá, mi abuela y mi abuelo a la playa. Cuando llegamos, nos hospedamos en un hotel y luego fuimos a la arena a jugar. Recogí muchas conchas de colores y después dimos un paseo en una lancha rentada. Fue un día muy feliz que siempre recordaré.

Cuando sea grande quiero ser portero de fútbol. Para cumplir mi sueño debo comer saludable, entrenar todos los días, escuchar a mis entrenadores y alejarme de las cosas que pueden hacerme daño. Si soy disciplinado, responsable y doy lo mejor de mí, algún equipo me descubrirá y podré convertirme en un gran portero.

Por Esteban-

EL Cuento en el Proyecto Jardín de Sueños

El cuento, dentro del proyecto *Jardín de Sueños* del colectivo Semillas de Paz, será una herramienta que permitirá a los niños y niñas reconocer y valorar sus propias historias de vida. A través de la construcción de una línea del tiempo, los participantes identificarán experiencias importantes, emociones y sueños, que servirán como inspiración para crear sus cuentos. Estos relatos podrán estar basados en situaciones vividas o en sus proyecciones y metas a futuro, fortaleciendo así su capacidad de imaginar y construir un camino para sus vidas.

Los sueños e historias serán escritos inicialmente y posteriormente transformados en audiocuentos, promoviendo la creatividad, la expresión y el empoderamiento de sus voces e historias personales.